¿Cuánto vale lo que no podemos medir?
¿Cuántas ofertas ha recibido para vender su marca?
Cuarenta.
¿Qué le ha hecho decir que no?
Todavía estoy lleno de energía.
Ayer tuve la suerte de escuchar a Sir Paul Smith, una persona genuinamente encantadora y creativa, gracias a la organización del Madrid Design Festival. Para quien no lo sepa, Paul Smith es una marca que se mantiene totalmente independiente, y nunca ha pedido un crédito a un banco (sic). En el pasillo, le hice esas dos preguntas. Su respuesta me hizo reflexionar acerca del valor de algunas marcas.
Todos los años se publican rankings que ordenan las principales marcas según su valor. Un índice que se compone de muchas métricas, desde el peso de la marca en su rentabilidad financiera hasta su capacidad para crear demanda en el futuro. Esta es, probablemente, la mejor aproximación objetiva que podemos tener. Entre esos factores, cómo de deseable es una marca desempeña un papel importante en su valoración, por aquello de las emociones como palanca fundamental de decisión.
Pero esta deseabilidad tiene dos caras: por un lado, el deseo de los clientes de poseer algo firmado por ella, y por otro (y quizá más importante) el deseo de otras entidades por poseer esa marca. Entonces, ¿cuánto vale una marca que no se vende porque su creador se siente lleno de energía? Y puedo dar fe de que lo transmite con cada frase y cada broma que hizo.
Medir el valor de una marca, en ocasiones, equivale a medir el valor de una persona. Y de momento no hay métricas para ello.